Desigualdad: la última batalla de la izquierda

Tras perder todos los debates del siglo XIX y XX, los socialistas ahora se escudan en la desigualdad social para criticar al capitalismo.

Uno de los temas que más apasiona a los intelectuales de la actualidad es la desigualdad social. Si en mi cuenta de Twitter menciono algo sobre este tema, las interacciones no tardan en llegar, tanto a favor como en contra.

Fue el caso de un comentario que hice hace unos días. Critiqué el impuesto a la herencia porque me parece que está basado en la falacia del “ingreso no ganado”, cuando en realidad dicho ingreso y patrimonio sí fueron ganados y es su propietario quien debería elegir a quién legárselo.

Las reacciones no tardaron en llegar. Muchos se mostraban de mi lado. Consideraban que la herencia era uno de los impuestos más injustos que existen.

Otros, sin embargo, comenzaron a criticar la reflexión porque el gravamen a la herencia es uno de los pilares de la “igualación social”. Sobre la base de la necesidad de terminar con las desigualdades sociales, algunos sostienen que el estado debe cobrarles impuestos a los más ricos para dárselos a los más pobres.

Ahora, ¿de dónde proviene esta preocupación moderna por la desigualdad? Existen varias explicaciones. Hoy, sin  embargo, quiero remarcar una que me parece que ha sido ignorada.

La desigualdad es la última batalla de la izquierda para combatir y frenar el capitalismo que tanto desprecia. A lo largo de la historia, ha habido otras, pero el capitalismo siempre se erigió vencedor. Así que ésta es la única que queda.

Marx y la miseria creciente del proletariado

Ya en el siglo XIX el sistema de economía de mercado se enfrentaba a fulminantes críticas de parte de los socialistas. El máximo exponente de ellas era Karl Marx que, en sus “leyes del movimiento capitalista”, sostenía que éste llevaba necesariamente a la miseria creciente del proletariado.

Gracias a que el capitalismo tendía a la monopolización y al reemplazo del hombre por la máquina, para Marx comenzaría a crecer casi indefinidamente el personal desempleado (llamado “ejército de reserva”), lo que implicaría menores salarios para los trabajadores y la pauperización permanente de las masas. Esto, inevitablemente, llevaría a la revolución social y la instauración del comunismo.

Los datos, sin embargo, refutaron esta versión. Si bien es cierto que existieron revoluciones sociales posteriores a los escritos de Marx, no es menos cierto que las condiciones de vida hoy están en su máximo en términos históricos. El PBI per cápita del mundo y la esperanza de vida se encuentran en niveles nunca antes vistos. La pobreza, por su parte, está en mínimos históricos.

Como puede verse, la “miseria creciente del proletariado” no es algo que haya pasado, pase o vaya a pasar en el capitalismo.

Un imposible mundo de abundancia

A lo largo del siglo XX, el experimento socialista se llevó a cabo en diversos países del mundo. De acuerdo a los teóricos de la época, la organización socialista iba a llevar a la armonía perfecta entre los seres humanos y dichos países iban a transformar el “reino de la necesidad” en el “reino de la libertad”.

Para los socialistas, este maravilloso mundo se alcanzaría cuando la planificación centralizada de la economía “racionalizara la producción”, incrementándola “más allá de las metas posibles del capitalismo”. Como explican los profesores Boettke y Leeson, los socialistas prometían un mundo sin escasez.

Nuevamente, al enfrentar las experiencias reales, vemos que la teoría se cae a pedazos. Tanto en la Unión Soviética, como en Cuba o en la Venezuela actual la escasez es la norma de la vida cotidiana. Tanto que ha llegado a considerarse a la “cola” como una institución propiamente socialista.

Quien explicó este estrepitoso fracaso fue Ludwig von Mises. A principios del siglo XX, el economista austriaco enunció que era imposible que los fines declarados de los socialistas se alcanzasen con los medios que éstos querían implementar.

Sin propiedad privada de los medios de producción, no puede haber precios de mercado; y sin precios de mercado, no hay una correcta asignación de recursos. Así, la economía socialista genera un despilfarro permanente de recursos, impidiendo la correcta satisfacción de las necesidades de los consumidores.

A la larga, la situación se vuelve inviable y, finalmente, colapsa.

Las experiencias vividas por el socialismo real en el pasado y en el presente confirmaron la visión de Mises. Un nuevo fracaso del socialismo.

La última batalla

La izquierda fracasó en sus predicciones apocalípticas sobre el capitalismo. La clase trabajadora está hoy en mejores condiciones que nunca jamás en la historia, al igual que todos los consumidores.

Por otro lado, también fracasó en su intento práctico de superar al capitalismo como sistema productivo. En todos los lugares en donde se implementó el socialismo (o variantes intervencionistas de tal), los resultados fueron frustrantes. Caída de la producción, pobreza, hambre y migraciones masivas.

Pero a pesar de estos fracasos, no da el brazo a torcer. Y, astutamente, hoy ha cambiado el foco de sus críticas.

Los socialistas ya no vaticinan el colapso inevitable del capitalismo. Tampoco se animan a desafiar a la economía de mercado como generadora de riqueza. En  cambio, se centran en la desigualdad de ingresos y patrimonios.

Esa desigualdad, que es más vieja que el propio sistema, y que se redujo notablemente gracias a él; es ahora la nueva bandera que agitan los socialistas frustrados.

Índices Gini, porcentaje de ingresos que acumula el 10%, el 1%, series históricas de desigualdad de riqueza… Todos indicadores que buscan sostener la idea de que el capitalismo puede ser muy “eficiente”, pero que profundiza las desigualdades. A la postre, todo concluye en un pedido de más presencia del estado, más impuestos, más gasto público y más intervencionismo.

Hay que estar atentos. La izquierda nunca ofreció soluciones efectivas para los problemas humanos. La última batalla, la de la desigualdad, es solo una excusa más para frenar el capitalismo e ir hacia un mayor estatismo.

Si eso sucede, entonces estarán en peligro nuestras posibilidades de progreso. Y, peor aún, nuestra ya reducida y siempre amenazada libertad individual.

2 Comentarios

  1. Hola Iván: coincido en casi todas tus apreciaciones. Pero se me ocurre que puede haber una omisión: el resultado sobre la curva de disminución de la pobreza la ha logrado un capitalismo que no se hasta qué punto está representado por su versión austríaca (por supuesto que me encontraría en aprietos si me apuraran a definir “escuela austríaca”). Gracias y saludos.

  2. Ivan, me sorprende que no hayas leído a Marx y lo critiques abiertamente. Como también que defiendas lo indefendible, la desigualdad que crea el capitalismo.
    No entiendo este razonamiento: “Sin propiedad privada de los medios de producción, no puede haber precios de mercado; y sin precios de mercado, no hay una correcta asignación de recursos.” ¿Lo podrás explicar un poco más?
    Muy pobres algunos argumentos…

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