El nacionalismo económico hundirá la economía

Las últimas frases del consejero de Trump me recuerdan al caudillo populista Juan Domingo Perón.

Hace unos días un consejero de Donald Trump, Steve Bannon, sostuvo que los Estados Unidos eran “una nación con una economía, no simplemente una economía más en el medio de un mercado global”.

Cuando leí su frase me sonó extrañamente familiar. Luego me di cuenta que es casi una traducción directa de lo que sostenía Juan Domingo Perón:

La nación no existe para el beneficio de la economía. Es la economía la que debe servir a la nación

Este tipo de pensamiento es conocido como “nacionalismo económico”. No es malo ni bueno. No es correcto ni incorrecto. Pero está lleno de mitos, magia, ilusión e ideas absurdas. Y cuando lo deshaces, lo desmontas, cuando sacas las capas, ¿qué encuentras? Algo que tal vez no esperabas.

Alguien ayer mencionó que los cerebros de nuestros hijos son moldeados por los nuevos medios. Que sus períodos de atención se achican. Si no puedes decir algo en 20 segundos, ni lo intentes. Cambiarán el canal o apretarán el botón “Delete”, o lo que sea que hagan.

Pero algunas ideas toman tiempo para entenderse. Eventualmente, la idea puede ser comprimida en una cita, pero solo luego de ser estudiada y entendida.

Las nuevas ideas necesitan espacio en el cerebro y tiempo. Esta es una de esas ideas. Alguien con un corto período de atención oirá la frase “nacionalismo económico” y pensará “bueno, eso suena muy bien”. Toma tiempo y atención ir más allá y entender qué significa.

De lo que hablo hoy no es una nueva idea, pero sí lo es para la mayoría.

Usualmente no me gusta hablar de política o pensar en eso. Es una pérdida de tiempo. Sin embargo, hay veces que uno no puede ignorarla. Cuando no te interesa la política, como decía Stokely Carmichael, la política se va a interesar por ti. Finalmente, si la ignoras, podrías estar ignorando una amenaza seria a tu riqueza y tu familia.

“Comercio justo” no es libre comercio

Empecemos explorando otra idea, la del “comercio justo”. Suena inofensivo. Incluso atractivo. ¿Quién está en contra de lo justo?

Pero un momento: ¿Quién decide qué es lo justo? El mundo está lleno de compradores y vendedores. Todos buscan el mejor acuerdo. ¿No es el único acuerdo “justo” aquél donde los compradores y vendedores alcanzan voluntariamente? ¿Cuál es la diferencia entre el comercio “justo” y el comercio “libre”?

En los ’70 y ’80 nuestro negocio consumía enormes cantidades de papel. En su momento, descubrimos que podíamos obtener los mejores precios para imprimir en Quebec. Entonces negociamos con las impresoras y llegamos a un acuerdo.

Fue un acuerdo libre. Y fue el mejor que pudimos hacer.

Luego los burócratas se entrometieron. Y dijeron que no. Si vas a comprar de un proveedor extranjero tendrás que pagar un impuesto. Eso lo hará “justo”, nos dijeron.

Desde nuestra perspectiva no importaba dónde se imprimía el papel. Era igual Nueva York o Canadá. No había diferencia desde el punto de viste de lo justo. Además, desde el estado de Maryland, donde estábamos, todo lo comprado fuera era “extranjero”.

El “comercio justo” solo tiene sentido para el grupo que lo impone sobre los otros. Y ya que es impuesto por el gobierno, solo tiene sentido para quienes controlan el gobierno. Llamamos a ese grupo el “estado profundo”.

El estado profundo son las personas en el Congreso, en la burocracia, incluso en organizaciones internacionales como el FMI, en Wall Street y en importantes industrias amigas del poder…

Son quienes manejan las cosas cada año, trabajando con o contra la gente que ha sido elegida para servir en la Casa Blanca del Congreso, según lo encuentren necesario y conveniente…

Es decir, no hay algo como el comercio justo entre individuos y compañías. Solo hay libre comercio. El comercio justo es una herramienta que usa el estado profundo para tener más poder y dinero.

Recuerdo una escena extraña en Argentina…

Un viejo tractor manejaba tirando de un vagón. Tenía una rueda atada con cables. La rueda debería haber sido reemplazada hace años. ¿Por qué no lo fue? Por el “comercio justo”.

Argentina supuestamente protegía su joven industria de gomas de la competencia extranjera. ¿Y quién era dueña del fabricante de ruedas?

Una empresa ligada a la familia presidencial.

Cuando Donald Trump dice “compra estadounidense, hecho en Estados Unidos y con trabajadores estadounidenses”, hay que sospechar. No hay forma de que puedas beneficiar a todo el pueblo con el comercio justo. Solo beneficiarás a algunos, a costa de otros. ¿A quién beneficiarás? A aquellos que controlan el sistema.

La Idea de Estados Unidos

“Primero Estados Unidos”, dice Donald Trump.

De nuevo, suena como un buen slogan de campaña. Pero cuando lo desarmas, ¿qué encuentras? Los mismos personajes, el mismo tema y el mismo estado profundo.

No es “los estadounidenses primero”. Eso sería diferente. Significaría que podríamos decidir nosotros mismos acerca de qué es lo mejor para nosotros. “Primero Estados Unidos” es un slogan que glorifica y eleva al gobierno, mientras socava el poder y la libertad de la gente del país.

Es el abandono de la idea original de los Estados Unidos. Nosotros no somos como los franceses o los españoles. No compartimos una sola cultura, o lenguaje, o identidad nacional. Somos una nación de inmigrantes.

La idea – que exploré en mi libro La idea de Estados Unidos – era que podíamos cada uno alabar a nuestro Dios y perseguir nuestras metas, libres del dictado del gobierno federal. El gobierno debía protegernos.

Y la Constitución debía protegernos del gobierno, haciendo posible que encontremos vida, libertad y felicidad a nuestra manera.

La idea de un propósito nacional por encima y más allá de los intereses de los ciudadanos mismos, o de una economía que se supone que sirva a la nación en vez de a los individuos que conforman esa nación es tan vieja como el Viejo Testamento.

Estados Unidos es diferente. No somos una nación en el sentido tradicional. Somos una nación de personas diferentes, grupos diferentes. Estamos destinados a ser tratados como individuos, no como parte de un gran colectivo.

Nunca estuvimos destinado a ser “un reino”, sino muchos reinos.

 

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