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¿Gradualismo, hipergradualismo o nadismo?

¿Gradualismo, hipergradualismo o nadismo?

Iván Carrino
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Antes la discusión pasaba por gradualismo y políticas de shock. Hoy estamos entre el gradualismo y el no hacer nada.

Durante la última campaña presidencial estaba extendida la sensación de que se debatían dos tipos distintos de país. Uno, que mantenía el modelo económico vigente con algunas modificaciones pequeñas, estaba representado por Daniel Scioli. El otro, encabezado por Mauricio Macri, era la opción del “cambio”.

Así las cosas, analistas y economistas perdimos meses de nuestras vidas debatiendo sobre si el cambio que era conveniente era “de shock” o “gradual”. Finalmente, terminamos pensando que el Frente Para la Victoria representaba el gradualismo, pero que Cambiemos venía a dar el shock.

Con un año y medio de gobierno de Cambiemos, esta imagen no resulta del todo ajustada.

Hace dos días, en un importante coloquio de economía y finanzas, el ex presidente del Banco Nación, Carlos Melconian, expresó que “el Gobierno (del que formó parte) practica hipergradualismo fiscal hormiga”. La respuesta, de parte del Ministro del Interior, no tardó en llegar. Rogelio Frigerio expresó que la inclinación por la estrategia gradual no fue una elección, sino “una imposición de la realidad”.

A confesión de partes, relevo de pruebas. El gobierno es gradualista… ¿o es “nadista”? Ya iremos con este tema.

El poco shock fue positivo

Antes de seguir, hay que reconocer que hubo cosas que se modificaron rápidamente. La salida del cepo se dio solo diez días después de la inauguración presidencial. La eliminación de retenciones y la flexibilización de los registros para exportar también sucedieron velozmente. Finalmente, el gobierno también normalizó el sector importador (lo que no quiere decir apertura comercial) y dio un giro casi copernicano en su política exterior, condenando a Venezuela y buscando alianzas con el mundo civilizado.

Bien por Cambiemos en esto.

Los resultados fueron alentadores. El sector inmobiliario (destruido por el cepo), se recupera a paso acelerado, las exportaciones de maíz y trigo también avanzan. Además, los dólares entran y salen sin restricciones, con un aumento de los ingresos por inversiones extranjeras de 89,1% según los registros del Banco Central.

En lo importante, ni gradualismo

Ahora bien, hay un problema de Argentina que se está convirtiendo en la madre de todas las batallas. Un tema que nadie se anima a encarar de manera frontal, pero que es el principal responsable de que nuestro país no crezca lo suficiente para alcanzar a los países ricos. Por si esto fuera poco, también hace que atravesemos crisis cíclicas.

Se trata del gasto público y el déficit fiscal.

Como explicábamos hace unas semanas, el gasto público es un lastre para la economía. El gobierno no gasta con los mismos incentivos ni con la misma información con la que lo hace el sector privado, por lo que los valiosos recursos de la sociedad se asignan en tareas que no agregan valor. El resultado es un menor crecimiento con una mayor carga fiscal.

El déficit fiscal también destruye el crecimiento. Es que se trata de una amenaza permanente al derecho de propiedad. Si hay déficit, tarde o temprano se suben los impuestos, se acude a la inflación, o se impaga la deuda. En todos estos tres casos los derechos de propiedad de los ahorristas y productores se ven vulnerados.

Ahora bien, ¿en qué modificó estos cruciales temas el gobierno de “Cambiemos”? A decir verdad, en nada.

Durante la gestión K, el gasto público como porcentaje del PBI creció hasta el 47,1%, habiendo partido del bajo nivel de 29,4% en 2003.

En 2016, el gobierno de “Cambiemos” no solo no bajó este ratio, sino que lo aumentó hasta el 47,6%. En 2017, y solo si se cumplen las variaciones que establece el presupuesto, el gasto volverá a su máximo kirchnerista del 47,1%.

Aquí no hay gradualismo ni hipergradualismo. Lo que hay es “nadismo”. Es decir, no se hace nada.

¿Para qué cumplir las metas?

El otro punto es el déficit fiscal. Lo positivo es que el gobierno estableció metas fiscales y buscará que el desequilibrio de las cuentas públicas no supere el 4,2% del PBI este año. Por ahora, el déficit primario solo crece 5,6% anual, bien por debajo de la inflación, pero gracias a los ingresos del blanqueo.

Sin embargo, el desequilibrio fiscal (que incluye gasto por intereses) ya avanza al 46,6%, una trayectoria difícil de controlar.

En el gobierno sostienen (y lo mismo se extrae de sus metas fiscales), que el ajuste vendrá en el último trimestre del año, una vez que pasen las elecciones. ¿Ahora cuáles son los incentivos que hay para realizar dicho ajuste? Si el gobierno apuesta a ganar las elecciones con despilfarro, ¿por qué si termina siendo electo por ello, va a pasar a la frugalidad?

En fútbol se dice que el equipo que gana no se toca. Trasladado a la política económica: ¿para qué hacer el ajuste si los votan cuando no lo hacen?

Con el shock totalmente descartado, el gobierno se debate entre el gradualismo y el nadismo. Es decir, hacer cambios pero de manera lenta, o bien mantener el statu quo.

Obviamente, esta segunda alternativa es más que preocupante.

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Iván Carrino
Iván Carrino

Iván Carrino es director de Iván Carrino y Asociados, una consultora especializada en economía y finanzas. Además, es Subdirector de la Maestría en Economía y Ciencias Políticas de ESEADE. Es Licenciado en Administración y doble Máster en Economía.

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2 Comments

  1. Avatar
    Relajáte 8 junio, 2017

    Vos sos muy bueno en la economía pero pésimo en la política. La gente vota al partido que más plata gasta, eso gusta, vos no podés exigir al gobierno que haga un shock económico antes de unas elecciones porque el partido ahora gobernante corre el peligro de perder éstas elecciones porque la gente tarada pase a votar a los que hacen cantos de sirena pero no saben manejar la economía. Pasadas las elecciones entonces sí podremos exigir vos y yo que Cambiemos haga un shock para acabar con el déficit fiscal y reducir drásticamente el gasto público.