Premio Nobel al Paternalismo Liberal

Richard Thaler recibió el premio nobel por sus aportes a la “Economía del Comportamiento”. ¿Qué es el Paternalismo Liberal que recomienda?

¿Por qué nos casamos si el 50% de los matrimonios se separa? ¿Por qué fumamos si sabemos que el cigarrillo daña nuestros pulmones? ¿Por qué emprendemos un negocio cuando solo el 20% sobrevive al primer año de operaciones? ¿Por qué comemos tanto? ¿Por qué ahorramos tan poco?

¿Existe alguna ciencia que pueda dar respuesta a estas preguntas? Sí, es la economía, pero combinada con los aportes de la psicología.

Este campo relativamente reciente de investigación –conocido como “Economía del Comportamiento”- estudia los motivos por los cuales los seres humanos tomamos decisiones y por qué esas decisiones, a menudo, no arrojan los mejores resultados para quienes las toman.

De hecho,  si pudiéramos resumir el principal aporte de la psicología a la economía es que los seres humanos estamos sujetos a “sesgos cognitivos” que a veces no nos llevan al mejor de los puertos. Un inversor puede comprar una acción de una empresa porque todos sus conocidos también lo están haciendo: ¿por qué eso debería garantizar buenos rendimientos?

El hallazgo de la existencia de estos sesgos fue de alguna manera revolucionario. Es que la corriente principal del pensamiento económico parecería asumir que los seres humanos somos como frías máquinas que calculan y consiguen todo el tiempo maximizar la utilidad.

Ahora si una persona no ahorra durante toda su vida y luego al llegar a viejo se queda sin dinero: ¿realmente podemos decir que tomó una buena decisión? ¿Es esa persona una máquina o un “homo economicus”?

Bienvenidos al Paternalismo Liberal

El Premio Nobel en Economía de este año fue otorgado a Richard Thaler, uno de los principales exponentes de la economía del comportamiento y también padre del llamado “Paternalismo Liberal”.

En su famosa obra “Nudge”, publicada en 2008 junto con a Cass Sustein, toma toda la literatura de la economía del comportamiento para explicar las “debilidades” del ser humano y da un paso más: una estrategia para solucionar estos problemas.

El libro de Thaler muestra una excelente combinación de divulgación e investigación científica. Junto a hechos de la vida cotidiana donde todos se sentirán identificados, aparece citada una enorme cantidad de bibliografía específica y experimentos realizados por otros economistas y psicólogos.

El punto más destacado del trabajo es la idea del “paternalismo libertario”.

Para los autores, dado que existen sesgos que hacen que los individuos tomen decisiones “sub-óptimas”, las instituciones privadas y públicas pueden darles un “empujoncito” (un “Nudge”) para que éstas sean mejores.

Para Thaler y Sustein, los “Arquitectos de Elecciones” son todos aquellos individuos del sector privado y público que tienen la responsabilidad de organizar el contexto en el que la gente toma decisiones.

Así, si ese contexto lo organizaran de forma que la vida de los decisores se hiciera “más larga, más saludable y mejor”, entonces se convertirían en paternalistas libertarios.

El paternalismo liberal es liberal porque considera que:

… la gente debe ser libre de hacer lo que quiera – y de salirse de arreglos que considere poco deseables. Tomando prestada una frase, los paternalistas libertarios consideran que la gente debe ser “Libre de Elegir”.

Pero es paternalista porque:

… descansa en la idea de que es legítimo para los arquitectos de decisiones que traten de influir en la conducta de las personas para hacer su vida más larga, saludable y mejor (…)

En muchos casos los individuos toman muy malas decisiones que no habrían tomado si hubiesen prestado toda la atención y poseído la información completa, una capacidad cognitiva ilimitada y un completo autocontrol.

El paternalismo liberal no pone impuestos a la comida chatarra, pero sí propone que en las cafeterías, las manzanas estén más fáciles de alcanzar que el azúcar.

Ejemplos locales con éxito dispar

Un nudge es cualquier aspecto de la arquitectura de la decisión que altere la conducta de las personas de una manera predecible sin restringir otras opciones. Para ser un nudge, la intervención debe ser fácil y poco costosa de evitar.

Uno de los ejemplos más concretos de este tipo de paternalismo libertario es el de las bicisendas. Cuando el gobierno decide crear un carril exclusivo para bicicletas, no está obligando a nadie a andar en bici, pero sí nos da un “empujoncito” para que lo hagamos.

El sector privado también puede contribuir. Es común ver en la ciudad cafeterías que premian la visita si ésta se realiza en bicicleta. Estos locales a menudo ofrecen un té sin cargo si el cliente llega en su vehículo de dos ruedas.

Estos “empujoncitos” generan poca polémica. Sin embargo, hay otros que son más controvertidos, especialmente en la esfera pública.

El gobierno de Horacio Rodríguez Larreta recientemente lanzó una campaña por la cual otorgará cajas gubernamentales a los restaurantes para que los comensales se lleven las sobras a su casa. La idea es disminuir el desperdicio de alimentos y concientizar a la población. Esto es un claro nudge: se busca modificar la conducta de los agentes pero sin prohibir ni restringir. Simplemente facilitando las opciones consideradas “deseables”.

La propuesta de Larreta –no obstante- es ridícula. No solo porque la costumbre de llevarse las sobras ya existe en la Ciudad, sino porque refleja la poca sensatez en el criterio con el que se gasta el dinero público.

Otro ejemplo poco feliz de nudges es la política de “Precios Transparentes”. En su obra, Thaler y Sustein proponen algo similar para las tarifas de las compañías de teléfonos celulares en Estados Unidos. Su objetivo es simplemente “informar a los clientes” sobre las “estructuras tarifarias en un documento que incluya todas las fórmulas relevantes”.

Algo así se intentó aquí con los precios pagados con tarjeta de crédito. Se buscaba “transparentar” las estrategias de precios para que los clientes contaran con más y mejor información. El resultado, sin embargo, fue un costo para las empresas, poca información relevante para el comprador, precios más caros y caída de ventas.

La fatal arrogancia de la psicoeconomía

La economía del comportamiento, y la línea inaugurada por Thaler con el paternalismo libertario, ha recibido un nuevo Premio Nobel. Es un premio bien merecido porque dicha rama ha sembrado fundadas dudas acerca de los supuestos esenciales de algunos modelos económicos.

Los hombres no deciden con información perfecta, ni miden adecuadamente el riesgo, ni maximizan su utilidad como lo haría una máquina.

Eso es evidente.

Ahora como explica Mario Rizzo, el homo economicus nunca intentó ser una descripción fiel del ser humano, sino un modelo simplificado para generar predicciones sobre el mercado.

Por otro lado, si bien la economía del comportamiento critica los supuestos fundamentales de la teoría neoclásica, luego sigue tomando esos supuestos como un ideal a alcanzar mediante intervenciones:

… la economía del comportamiento sigue atada a la estrecha noción de racionalidad que critica. Es precisamente porque la gente no es estrechamente racional que su comportamiento debe ser arreglado. Su comportamiento debe ser gravado, regulado o empujado (nudgeado) en la dirección del comportamiento del hombre neoclásico perfectamente racional (…)

Hay una verdadera ironía aquí. Se burlan de la economía neoclásica por sus supuestos de racionalidad y, al mismo tiempo, esos supuestos se consideran como la situación ideal contra lo que comprar a los seres humanos de carne y hueso.

La clave del progreso humano no son los seres “perfectos”, sino –dadas las imperfecciones que estos tienen y tendrán siempre- las instituciones que mejor nos permitan interactuar unos con otros.

El paternalismo libertario, en este contexto, puede ser –en el mejor de los casos- algo de poca relevancia en el devenir de la sociedad. En el peor escenario, sin embargo, puede sentar las bases para grados de intervencionismo mucho mayor, lo que nunca nos trajo buenos resultados.

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