La competencia no necesita una ley que la defienda

Respuesta al Sr. Braun

Por estos días, el Senado de la Nación está discutiendo la casi segura aprobación de una nueva Ley de Defensa de la Competencia. Esta nueva normativa busca “penalizar conductas anticompetitivas”, “prevenir la concentración” y –obviamente- “promover la competencia”. Esto es, al menos, lo que el Secretario de Comercio de la Nación indicó recientemente en una nota publicada en El Cronista.

Para Miguel Braun, economista de la Universidad de San Andrés con un doctorado en Harvard, a quien no podemos acusar de socialista o populista, “para tener una economía dinámica, que crece y reduce la pobreza de manera sostenida, es necesario generar mercados competitivos y transparentes”.

¿Generar mercados? O sea que ahora es función del gobierno crear aquello que naturalmente surge entre las personas… Recordemos que el mercado, ese  lugar abstracto en donde compramos y vendemos, no es una creación estatal, sino el producto de los incentivos de los individuos, que descubren que interactuando con otros de manera pacífica, mejoran su situación.

Pero vayamos al punto central del argumento: ¿quién podría no querer que haya más competencia?

Más competencia es menos regulaciones

Los funcionarios que defienden esta nueva reglamentación podrían decir que ningún liberal debería oponerse a la misma. Después de todo, fue nada menos que Adam Smith quien consideró que para que los empresarios no abusaran de los consumidores, debía existir la competencia.

Es que claro, si fuera por el interés individual de cada uno, a todos nos gustaría tener el monopolio exclusivo de aquello a que nos dedicamos. Imagínese usted cuánto podría cobrar si fuera el único ferretero/ panadero / farmacéutico/ metalúrgico / economista de su barrio, de su ciudad, de su provincia o de su país. Usted cobraría mucho más, pero sus clientes tendrían mucho menos para gastar en otras cosas.

Ahora cuando Smith hablaba de la competencia no lo hacía para criticar a aquellos que, dentro del mercado, hubieran ganado una “posición dominante”, sino a quienes estaban en esa posición por alguna prebenda o privilegio estatal.

En el capítulo 2 de su libro IV, es muy claro:

Al restringir mediante altos impuestos o prohibiciones absolutas las importaciones de bienes de otros países que pueden producirse en el mercado local, el monopolio del mercado local queda más o menos asegurado.

O sea que al criticar a los monopolios, Smith no pedía una ley que defendiera la competencia, sino más bien eliminar las leyes que la inhibían, como los aranceles aduaneros.

¿Y cómo está Argentina en este tema? De acuerdo con la Organización Mundial del Comercio, somos el país con más altos aranceles en todo el continente americano. Además, tenemos solo 5 Tratados de Libre Comercio, mientras que Estados Unidos tiene 14 y Chile tiene 21.

Señor Braun, si le preocupa la competencia: ¿por qué no empieza por eliminar el sinnúmero de leyes y mandatos gubernamentales que la impiden?

Otros países también la tienen

Si uno mira otras naciones del planeta, encontrará que allí también existen oficinas de Defensa de la Competencia y leyes en el mismo tenor. Más aún, en todas las carreras de economía de aquí y del mundo existe la rama de la “Organización Industrial”, donde al alumno se lo forma en la idea de que tiene una importancia superlativa que el estado intervenga para “crear mercados competitivos”.

Ok, pero no porque todos se tiren de un precipicio uno tiene que hacer lo mismo.

De acuerdo con Braun, las legislaciones antimonopolio sirven para que los consumidores “tengan más alternativas, mejores precios y calidad”. Ahora, curiosamente, los casos más famosos de legislación antimonopolio ignoraron este punto.

Allá por la década del ’90, el departamento Anti-Trust de los Estados Unidos persiguió a Microsoft por sus prácticas anticompetitivas derivadas de su posición dominante en el mercado. Una de las controversias fue el navegador Internet Explorer, que Microsoft había integrado a su sistema Windows.

Microsoft ofrecía Windows a todos los  fabricantes de PC, y dentro de Windows venía Internet Explorer, motivo por el cual sus competidores de la época, como Netscape o Navigator, comenzaron a protestar por estar siendo excluidos. Obviamente, si la estrategia de Microsoft era exitosa, otros competidores quedarían fuera de la competencia… ¿pero en qué medida eso perjudicaría a los consumidores?

Si juzgamos por los resultados del avance en el mercado de la tecnología, hoy los precios son mucho más bajos y el acceso a internet se ha multiplicado. Además, el navegador de Microsoft compite con otros navegadores como Chrome y FireFox… ¿dónde está la posición dominante que perjudica a los consumidores?

Los que obtienen posiciones importantes en una economía de mercado son quienes mejor seducen a los consumidores. Ellos son quienes tienen la última palabra.

Modelo erróneo

En las universidades se enseña que la competencia solo existe si las empresas son muy numerosas, venden bienes homogéneos, todas al mismo precio, y la información es perfecta para todos los participantes. De acuerdo con esta preconcepto, será difícil encontrar algún mercado “verdaderamente competitivo”.

Ahora este modelo erróneo es el que ha llegado a la opinión pública y a las oficinas gubernamentales. Se cree que en cada lugar donde no exista esta “competencia perfecta”, el gobierno debe intervenir para crearla.

Es un planteo equivocado. La competencia no necesita una ley que la defienda, y el país no debería gastar plata en una dependencia pública que persiga este fin.

Para sancionar el fraude está la justicia penal, y para mejorar la competencia, hay que eliminar trabas y regulaciones. Nada más que eso.

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