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Digamos adiós a lo que alguna vez fuimos para poder crecer

Digamos adiós a lo que alguna vez fuimos para poder crecer

Bruno Perinelli
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El mercado de capitales necesita alimentarse de ahorro para destinarlo a proyectos de inversión. Pero la historia argentina no se lo permite.

El mercado de capitales cumple una función vital en la economía. Conecta el ahorro de las familias, empresas y otras organizaciones con los proyectos de inversión de las compañías que requieren esos fondos  para su puesta en marcha.

El crecimiento económico de un país y el desarrollo de su mercado de capitales están estrechamente vinculados.

Un mercado desarrollado ofrece a los ahorristas una amplia variedad de activos financieros, que resguardan e incrementan el valor del capital a lo largo del tiempo. Recolecta información acerca de las preferencias de los ahorristas: cuánto buscan ganar y qué riesgos están dispuestos a asumir.  Y, a partir de los resultados que obtiene, ofrece desde instrumentos de bajo riesgo, como los bonos soberanos de corto plazo, hasta títulos de deuda de largo plazo, acciones y los volátiles derivados.

Cuanto mayor sea el ahorro que se vuelque en el mercado de capitales, más empresas pueden acudir a él para conseguir el financiamiento necesario para desarrollar sus proyectos de inversión.

La puesta en marcha de estos proyectos implica la contratación de nuevos trabajadores, quienes perciben sueldos a cambio que gastan en supermercados, shoppings y negocios de la Argentina y el exterior. Y aquellos con capacidad de ahorro invierten “lo que les queda” en el mercado de capitales.

De la misma manera, si los proyectos funcionan, las empresas obtienen una ganancia, que luego de cumplir con las obligaciones laborales, impositivas y financieras, las reinvierten en otro de sus proyectos o en el mercado de capitales y/o las distribuye entre sus dueños.

Así se genera un círculo virtuoso de crecimiento económico.

Ahora bien, ¿qué es lo que frena el desarrollo del mercado de capitales argentino?

En los últimos siete años vivimos en una economía estancada con un mercado de capitales anémico. Si nos extendemos más en el tiempo, desde hace siete décadas nuestro país alterna momentos de acelerada expansión económica con períodos recesivos que, en algunos casos derivaron en crisis  sociales de considerable gravedad.

Gastar más de lo que producimos es el protagonista omnipresente en la historia argentina reciente, del cual que se derivan los episodios de elevada inflación, las crisis de deuda y las megadevaluaciones.

Probablemente nos pese haber sido la primera potencia mundial a fines del siglo XIX y haber estado entre las 10 economías más grandes del mundo en las primeras décadas del último siglo. Y creamos que tenemos que volver a estar nuevamente entre los mejores porque, por alguna razón, “nos lo merecemos”, aunque los salarios estén por debajo de lo que producimos.

“Si arrastré por este mundo, la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser” canta el gran Carlos Gardel en su tango “Cuesta Abajo” los versos que resumen concisamente el sentimiento de la economía argentina.

Eso nos lleva a querer gastar de más para hacer crecer la economía rápidamente y recuperar el terreno perdido en las crisis. Los distintos gobiernos fomentaron los períodos de crecimiento económico acelerado que alientan el consumo excesivo y la inversión de corto plazo, y que terminan impulsando la inflación y el sobreendeudamiento: el cóctel ideal para el surgimiento de nueva crisis. Del auge a la depresión y de la depresión al auge, es la historia de una economía bipolar en permanente repetición de la cual parece que nunca vamos a aprender.

En este contexto volátil e incierto, es muy difícil planificar a largo plazo. Muchos de los que pueden ahorrar compran dólares y los guardan debajo del colchón o en una caja de seguridad. O los transfieren al exterior para invertirlos en activos más seguros en países estables.

Otros ahorristas eligen los plazos fijos y mantienen sus pesos dentro del sistema. Pero los bancos vuelcan gran parte de sus fondos en el financiamiento de créditos al consumo e inversiones de corto plazo. Sólo una parte pequeña de los fondos se destinan a los emprendimientos de largo plazo generadores de valor y empleo.

Así es muy complicado que un país crezca.

Para que un país crezca, en forma sostenida y conjuntamente con su mercado de capitales, es necesario que se fomente el ahorro.

¿Cómo hacerlo si las necesidades que van surgiendo son cada vez más urgentes?

El gobierno pasó de querer bajar la inflación a un dígito en el trascurso de cuatro años, a buscar controlar día a día el dólar y los precios asumiendo costos altísimos para la actividad económica y el riesgo de una eventual espiral inflacionaria futura.

Está claro que la estabilización del dólar y de los precios es necesaria para poder dar los siguientes pasos. En una economía estable, que fomente el esfuerzo y proteja la propiedad privada, con baja inflación y sin los posibles focos que generen inflación futura o crisis de deuda (déficit fiscal y cuasifiscal) el ahorro se vería fortalecido y los plazos de inversión se irían alargando.

Ese ahorro se canalizarìa a través del mercado de capitales argentino, lo que permitiría que se materialicen muchos proyectos de inversión creadores de valor y empleo, y que surjan nuevos instrumentos de inversión acordes a las preferencias de los ahorristas.

Hasta la semana que viene.

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Bruno Perinelli
Bruno Perinelli

Bruno Perinelli es licenciado en Economía y tiene un posgrado de especialización en mercado de capitales . Ambos títulos fueron emitidos por la Universidad de Buenos Aires. Es el analista bursátil de Contraeconomía y el editor del servicio de trading Argentina Contra-Reloj.

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